¿De qué va?: En los Reinos de Espera muere el último gran vigilante que puede impedir la prohibida entrada en la Caverna de la Simple Verdad... Al menos eso parece y eso cree el Emperador que desde hace décadas, tras apoderase de los doce reinos, ansía acceder al secreto de ese lugar, que, según las leyendas, no es otro que el de la inmortalidad. El último Mago Soberbio, sin embargo, no muere solo; a su lado hay una joven llamada Lena Blendárame-Shaya...
¿Qué pretende? Pese a beber en las manantiales de las novelas de fantasía, de brujería y espada, de las sagas de reinos míticos e incluso de la estética del cómic; pese a su ritmo trepidante y absorbente, EL BESO DEL TIEMPO no es solo ni principalmente literatura de evasión: bajo su piel engañosa late una reflexión, entre otras, sobre la imposible inmortalidad y los riesgos de una longevidad extrema...
¿Quieres leer el primer Capítulo?
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VISIÓN DE LOS LECTORES:
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Santos
Domínguez,
crítico y poeta:
"... Como a
Don Quijote en la Cueva de Montesinos, algo oscuro y secreto nos
habla de nosotros mismos desde el fondo de estas historias de un
mundo que no existe".
Leer crítica completa
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José Ignacio Martín Benito,
catedrático de Historia, investigador y escritor, ha hecho una larga
crítica.
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Tomás
Sánchez Santiago, poeta, escritor y profesor:
"EL BESO DEL TIEMPO (...) es novela de género, quizás, con
todos los
constituyentes que se hacen inevitables cuando se
aborda una
historia como una receta de cocina cuyos
constituyentes
fundamentales no se pueden escamotear (sí, pero
qué diferencia
de una tortilla a otra; de una paella a otra, aun
usando los
mismos ingredientes). Y, sin embargo, hay algo que
enseguida se
echa de ver: es el lenguaje, la manera maestra de
contar, de
narrar con la pureza aparentemente fácil de quien
segrega las
palabras como si fueran una emanación natural. El
lector advierte
cuidado y naturalidad a la vez, una aleación difícil
(...) eso queda
patente en cada página. Hay tensión continua,
lenguaje
maquillado hasta donde se debe –y nada más- y en
absoluto
descuido o flojera verbal. Creo que eso da la medida de
un escritor,
alguien que se la juega en cada renglón, en cada
imagen, en cada
decisión por trazar un itinerario para la historia
que está
contándonos".
"...Es verdad que en el primer tercio de la novela nada parece
apartarse del
canon de lo épico-fantástico en el reino de Espera.
Ni el mapa
preliminar ni los magos soberbios, ni el aura de
aquellas
sociedades neomedievales, ni siquiera ese sobrenatural
mentalismo de
Aldara, de Lena… Pero en cuanto entra en escena
Sesbania, ya
aparece la dimensión completa de la novela, su cara
oculta pero que,
ahí en el fondo, es para mí lo que da verdadero
sentido y
profundidad a la narración. Me refiero a ese merodeo en
torno al
concepto del Poder. Sin querer dar lecciones (un escritor
no debe
aparentar nunca eso), cuando el general Estrobo confiesa
la opinión que
la gente del reino tiene de su emperador, empieza
toda una
reflexión en clave narrativa sobre eso que llamamos
Poder. Es
emocionante todo el pasaje que arranca en la voz de la
propia
emperatriz con esa reflexión naturalista que parte de la
analogía con la
luz y el agua (p. 119), factores que Sesbania
asemeja al
Poder. Ese tipo de similitudes tan palmarias y sin
embargo llenas
de una cordura llana, es la misma que usaba, por
ejemplo,
Shakespeare en boca de tantos personajes suyos para
resaltar los
vicios y las pasiones de los humanos.. Esa primera
elevación por
encima del propio relato va creciendo y llega a
estallar, desde
mi punto de vista, al final, cuando tras mencionar
brevemente (p.
127) la oposición entre la vida noble (deseo,
sueño y
voluntad) y el desdoro natural que toda existencia tiene
(porque, claro,
“la vida no es noble ni buena ni sagrada”, dijo
Lorca), viene lo
mejor (...). Todo se comprende cuando uno
encuentra para
el final de EL BESO DEL TIEMPO esa serie de
apuntes en boca
de Lena sobre el sentido obligatorio de la vida
como algo corto
y azaroso, que justamente por eso mismo
provoca amor a
la belleza, a la incertidumbre, a lo perecedero, al
goce
transitorio… Toda una lección que deja la novela muy
remontada de
aquellas primeras expectativas de narrar por narrar,
narrar porque
uno domina más o menos un género o porque sabe
espolear la
fantasía...".
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